Nuestros sentimientos bien podrían compararse a un vaso de agua en el que se disuelven distintas sustancias:
Algunas se cristalizan en el aire ofreciendo una nueva forma geométrica: magia justo antes de Zambullirse en el agua encerrada y llena de impurezas , El líquido empieza a girar sobre sí mismo, impulsado por las aspas de una hélice invisible, siguiendo las órdenes de un agitador etéreo. Se alcanza la temperatura óptima y los sedimentos comienzan a disolverse. Las moléculas de agua rodean una a una las partículas que van cayendo en el líquido. Asustados, rodeados por una tribu completa de seres diferentes que danzan a su alrededor, los corpúsculos ceden y participan en el ritual desconocido. Dan vueltas, saltan, oyen los gritos que les rodean e intentan superarlos con sonidos nuevos, participan de la fiesta de los sentidos, se deslizan de manera incomprensible hasta caer dormidos, perdidos en el cansancio, huérfanos de la energía que les impulsó a la inmensidad de la que ahora forman parte.
Y allí permanecerán, meciéndose en un vaivén que ahora ya les pertenece hasta que un cambio, más o menos leve, les invite a salir de la comunidad de la que se creían miembros. Una oscilación en la temperatura, la llegada de habitantes nuevos, un ritmo distinto en las turbinas que les mecen, un instante de más en el gotero de los segundos puede provocar la caída de nuestras emociones hasta el fondo del recipiente.
Una a una irán formando estratos, dibujando los surcos sobre los que caerán los siguientes, y los siguientes… diseñando las huellas cuya imagen hará sentirse afortunados a unos cuantos, aunque probablemente ninguno lo sea hasta haberse mareado buceando bajo la marejada.